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Sobre mí

Me llamo Ismael Gómez García. A veces me gusta bromear diciendo que, si mis padres me hubieran bautizado José, Francisco o Javier, mi nombre parecería un alias, un John Smith de anonimato. Tengo dos apellidos comunes y vivo en una ciudad dormitorio de las afueras de Madrid, lo que se podría decir que me permite una visión global, periférica, de la realidad.

Lo cual sería mucho decir, mucho exagerar y hacer poca justicia. Al fin y al cabo, hablamos de una ciudad cuyo mayor patrimonio son un conocido caso de corrupción policial, un chaval pedante que salía en Crónicas Marcianas y Amaia Salamanca.

Soy coordinador de contenidos digitales de Santillana Global, y dedico gran parte de mi tiempo libre a la traducción, la escritura… y al asombro. No es para menos, si se piensa en la relativa calma que reinó en la edición durante siglos, y en esas revoluciones que se supone que se producen a diario en la actualidad.

La idea de este blog surgió durante conversaciones en torno a una máquina de café, en las que es más fácil quemarse la lengua que mordérsela.

A menudo pienso en el desencanto de toda una generación como la de mi padre, que ya no se identifica con el discurso eufemístico de los políticos, y que continúa interpretando la prensa como lo hacía hace 20 años. No digo que la solución sea volver a la era de los políticos carismáticos, y de los periodistas que bajaban al bar a jugar al dominó para tomarle el pulso a la realidad. Pero desde luego no vamos por buen camino, si no conseguimos superar la forma pasiva de enfrentarnos a la realidad, que para muchos sigue adoptando la forma de un titular de prensa o una declaración institucional.

Como profesional de los contenidos e interesado por eso que se ha bautizado comunicación 2.0, no puedo evitar interpretar esa forma pasiva y acrítica de enfrentarse a la actualidad, con la del lector que tiene frente a sí una página impresa, indeleble, duradera; hasta cierto punto, inalterable. Es el texto de una ley que somete desde el soporte.

Sin embargo, ahora disponemos de medios con los cuales crear redes sociales capaces de amplificar opiniones y oposiciones. No es casualidad que estos textos funcionen en un flujo de información mucho más flexible y elástico, lo cual no los hace necesariamente maleables; es decir, fáciles de persuadir. Ahora los gobiernos han de diseñar políticas de comunicación que tienen en cuenta a los principales bloggers. Los periodistas, que llevan décadas arrogándose el título de “creadores de opinión”, han perdido su primacía. Como el papel impreso va perdiendo la dignidad de la ley incontestable.

Es el final del discurso, y el nacimiento de la comunicación.

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