Skip to content

Philip Glass — The Perfect American

23 enero, 2013
Cartel de The Perfect American.

Cartel de The Perfect American.

Ópera en dos actos

Encargo del Teatro Real de Madrid y la English National Opera
Libreto de Rudy Wurlitzer basado en la novela Der König von Amerika de Peter Stephan Jungk.
Director musical: Dennis Russell Davies
Director de escena: Phelim McDermott

Lo primero que puede llamar la atención del montaje de la ópera The Perfect American, de Philip Glass, con libreto de Rudy Wurlitzer, es la completa ausencia de la iconografía de Walt Disney. Esto, que se debe a que la ópera no cuenta con la aprobación de The Walt Disney Company, ha llevado a algunas decisiones chocantes, como la aparición en algunas escenas de un conejo de orejas fláccidas, que presumiblemente sustituye al ratón Mickey.

Walt Disney es, en la ópera de Glass, un personaje obsesionado por la ilusión que animaba sus creaciones. Walt, como insiste en ser llamado en varias ocasiones a lo largo de la ópera, cree de verdad en la ilusión de sus películas, en su optimismo. Optimismo que se identifica con una imagen idealizada, blanca, de los Estados Unidos: “Hago películas en las que nunca se critica a América”.

La ópera de Glass pasa por alto el antisemitismo y su colaboración como agente voluntario de J Edgar Hoover en su cruzada anticomunista y, en general, anti derechos civiles. Solo por esas omisiones, se podría llegar a argumentar que la ópera resulta bastante amable con la figura de Walt Disney.

Y es que se ha hecho mucho hincapié en que The Perfect American revela el lado oscuro de Walt Disney. Esto, que resulta una completa exageración, puede ser cierto para quienes no hayan sentido nunca ningún interés por su protagonista. El que en algún momento haya tenido algo de curiosidad por la vida del creador de Mickey Mouse, encontrará poca oscuridad y sí mucha libertad con los hechos.

Dantine es el narrador de la novela de Peter Stephan Jungk en que se basa el libreto, y un personaje cuya importancia resulta excesiva en la ópera. Uno de los cientos de dibujantes que trabajaron para Disney, se enfrenta a él en el primer acto para exigir el reconocimiento que dice merecer por su trabajo. “Aquí solo se vende un nombre”, le responde Walt.

A ese enfrentamiento sigue la huelga de animadores de 1941, que constituyó un antes y un después en la relación de Walt Disney con sus trabajadores. Este, que había visto la compañía como una gran familia e insistía en ser llamado, simplemente, Walt, se siente traicionado por aquellos a quienes

La huelga de animadores de 1941.

La huelga de animadores de 1941.

desprecia como meros títeres en manos de comunistas.

La línea temporal de la ópera es a menudo confusa, saltando de la huelga de animadores a los deseos políticos de Walt Disney, que considera que puede convertir a Ronald Reagan en presidente de los EE.UU. De la relación entre ambos solo he conseguido averiguar que testificaron ante el Comité de Actividades Antiamericanas el mismo día, el 20 de octubre de 1947; y que Reagan fue uno de los presentadores del especial televisivo de inauguración de Disneyland. Si hubo entre ellos algo más que una mera simpatía entre derechistas, lo desconozco. Pero tengo mis serias dudas: no he encontrado ni una sola foto de los dos juntos en Internet. Lo más parecido son varias fotos de Reagan con Mickey Mouse en Disneyland; pero ningún artículo o fotografía

Ronald Reagan en un momento del especial de televisión emitido el día de la inauguración de Disneyland, el 17 de julio de 1955.

Ronald Reagan en un momento del especial de televisión emitido el día de la inauguración de Disneyland, el 17 de julio de 1955.

que pruebe que hubiese entre ellos la estrecha relación que insinúa el libreto.

El primer acto termina con un encuentro entre Walt y una de las atracciones de Disneyland: el autómata de Abraham Lincoln. Walt monologa ante la máquina, que solo puede contestar recitando los discursos almacenados en su memoria.

El encuentro con Lincoln explicita, si bien brevemente, el racismo de Disney, que reconoce que no puede identificarse con su “amor a los negros”. ¿Martin Luther King? ¿Era eso lo que tenía en mente cuando liberó a los negros?, pregunta al autómata. Con cada uno de los fragmentos de discursos que repite el autómata, y la réplica de Walt Disney, se crea una chocante mas poderosa oposición entre dos fuerzas que conviven en el espíritu de Estados Unidos: el ideal de justicia y la ilusión enmascaradora. Walt Disney representa a esta última, y es tal vez su icono fundamental.

El segundo acto comienza con la aparición de Andy Warhol, que se presenta como un admirador. Para Warhol, Disney es el epítome de la cultura popular y de consumo que él quiere retratar. Sin duda, hay algo que une a ambos: su obsesión por el lado más positivo de América, la ausencia de crítica y el recurso a la creación colectiva en beneficio de la gloria individual.

La ópera nos muestra dos universos paralelos: por una parte, la sociedad estadounidense, viviendo una crisis de identidad; por la otra, Walt Disney, enfrentado a su enfermedad y a la incertidumbre sobre el futuro de la fábrica de sueños que ha creado.

La inmortalidad nunca tiene más importancia que cuando la muerte es próxima, y por eso Walt Disney dice a su familia que quiere ser congelado para, cuando se halle una cura a su enfermedad, regresar y convertirse en un mesías para quienes temen a la muerte. Es quizá la mayor de las fantasías que pudo concebir: su propia inmortalidad.

“Respetad mis deseos”, insiste, una y otra vez. Al final de la ópera, cuando Dantine acude a su funeral, andrajoso y sucio, aún reivindicando sus creaciones, un empleado de funeraria le comunica que Walt Disney va a ser incinerado. Sus deseos no han sido respetados por su familia.

Kurt Russell en la época en la que conoció, y encandiló, a Walt Disney.

Kurt Russell en la época en la que conoció, y encandiló, a Walt Disney.

Resulta curioso que la criogenización de Disney tenga tanta importancia en el libreto como metáfora de su transformación de artista en todopoderosa compañía. La criogenización de Walt Disney es una leyenda urbana de origen incierto, y no hay ningún testimonio de familiares, socios o amigos que demuestre que “el tío Walt” mostrase nunca interés alguno en que sus restos fueran preservados a la espera de una cura a su cáncer.

La línea temporal de la ópera es bastante confusa, y da a entender que la enfermedad de Walt Disney fue más larga, que este tuvo tiempo para enfrentarse a sus recuerdos y concebir un plan para escapar a la muerte por medio de la criogenia. La verdad es que, desde que Walt Disney entró en un hospital para una operación por una lesión de cuello, cuando se le detectó el cáncer de pulmón, hasta su muerte, transcurrió solo un mes y medio.

Las licencias del libreto van más allá de la simple confusión temporal. En la ópera, Walt Disney muere en el hospital, poco después de sucumbir a un inocente juego con Josh, un niño también enfermo de cáncer que ocupa la habitación contigua. En la realidad, Disney fue encontrado sin conocimiento en su casa de Palm Springs, donde fue reanimado y trasladado a un hospital, donde murió 15 días después.

Las últimas palabras escritas por Walt Disney fueron el nombre del actor Kurt Russell, a la sazón un joven actor de tan solo 15 años que, de algún modo, se había ganado el corazón del tío Walt dos años atrás. ¿Por qué no hicieron de Russell un personaje de la ópera? Seguro que el resultado habría sido más interesante.

En la última escena de The Perfect American, reaparece Dantine, el viejo empleado de Disney, despedido por este casi 30 años atrás. Aún obsesionado por el reconocimiento, y en otra licencia innecesaria del libreto, parece el único verdaderamente apenado por la muerte de Walt Disney.

La música que Philip Glass ha compuesto para esta ópera es un tanto irregular. Mientras algunas de las escenas son magníficas, en otras no deja de

Walt Disney: To Enchanted Worlds On Electronic Wings.

Walt Disney: To Enchanted Worlds On Electronic Wings.

espantarme su empeño por la repetición. Entiendo que la composición se base en repeticiones, pero no por qué las repeticiones han de producirse en la totalidad de su obra, en lugar de en la unidad de una obra concreta. A menos que toda la creación de Philip Glass sea una sola obra, aún por concluir, y de la que este The Perfect American sea solo una pieza más.

El montaje consta, básicamente, de una plataforma elevada en el centro del escenario, y en torno a la cual rotan lienzos sobre los que se proyectan imágenes. Pese a su sencillez, la escenografía sirve para dotar a la acción de un gran dinamismo que sirve muy bien a la ópera.

No hay duda de que algunas de las escenas son maravillosas, especialmente la de la huelga de animadores; o en la que Walt Disney manifiesta su aspiración de crear algo más eterno, más famoso que Jesús, Zeus y Santa Claus; y aquella en la que vislumbra la posibilidad de convertirse en un mesías de la eternidad mediante la criogenia. Con todo, no se entiende que se haya utilizado un texto cuyas inexactitudes desdibujan un personaje mucho más oscuro e interesante que el que protagoniza esta ópera.

The Perfect American tiene sobre todo una virtud, fundamental si tenemos en cuenta los fallos del propio libreto y los a estas alturas previsibles autoplagios de Glass: no es muy larga (1 hora y 45 minutos).

Anuncios
No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: