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Los peligros de la primera persona del plural

16 junio, 2011

Alrededor de varias asambleas legislativas que hoy se constituían, se han congregado hoy miles de personas que protestan contra los previsibles recortes sociales que llevarán a cabo algunos de los elegidos hace poco para formar parte de esas asambleas.

«No nos representan» es uno de los eslóganes más repetidos. Esta mañana varias personas se lo decían a la cara a Cayo Lara, que había acudido a tratar de impedir, como los mismos que le increparon, el desahucio de una familia que no puede pagar al banco la hipoteca que el banco le concedió porque, en teoría, sí podía.

Cayo Lara, que no es santo de mi devoción política, lleva años pidiendo lo que ahora algunos creen que han inventado ellos. Y le dicen «No nos representas», pero me gustaría preguntar a quienes se arrogan el derecho de hablar por todos, por los que salen a la calle y por los que no lo hacen, a quién representan ellos.

Hablar en primera persona del plural siempre es peliagudo, y requiere algún tipo de legitimidad. Estar cabreado, e incluso muy cabreado, no es motivo suficiente por sí solo para pensar que todo el mundo lo está.

Una persona increpando a Cayo Lara, olvidando los peligros de hablar en plural. "Nadie representa a nadie" bien podría ser el eslogan más claro del neoliberalismo desmantelador de la política.

Ahora se identifica la mala política, la de los favores y los regalos, la de la permisividad de copa, puro y panza satisfecha, la de las palmaditas en la espalda a los amigos de la banca, con la política, que es el intento de gestionar lo de todos, lo común. Si no vamos a hacer distinciones y a tratar a todo el mundo por igual, buscando qué… Porque alguien me tiene que explicar cuál es la alternativa a la acción política. Y que nadie se confunda: salir a la calle y pedir cambios es una acción política.

Lo que no nos convierte en políticos, pero sí demuestra que durante mucho tiempo nos olvidamos, porque estábamos muy tranquilos (y hay algo culpable en esa tranquilidad), de que somos, como dijo Aristóteles, un zôon politikón: animales políticos.

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