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El año de la muerte de José Saramago

18 junio, 2010

Ha muerto José Saramago. Y como muchos otros, me siento en la necesidad de escribir unas palabras sobre quien ha sido, desde mi lectura de Ensayo sobre la ceguera hace más de diez años, uno de esos escritores que uno no solo lee, sino a los que también escucha cuando hablan.

Descansa, maestro Saramago (1922 - 2010).

Recuerdo mi primera lectura del Ensayo sobre la ceguera. Me lo había prestado mi amigo Román, quizá el mayor admirador que he conocido nunca del escritor portugués o, quizá debería decir más apropiadamente, ibérico. Durante una tranquila tarde de cerveza sobre el césped del campus de la Universidad Autónoma de Madrid, Román me habló de la novela. Contagiado por su entusiasmo, le pedí que me la prestara.

Comencé la lectura tan pronto se me pasaron los efectos de una insolación primaveral y del alcohol ingerido en compañía de mis amigos Román y Rubén. Lo que, probablemente, me llevó un par de días.

La tarde que comencé la lectura, me había despertado el escándalo en las calles de Coslada, donde vivía. Por aquel entonces yo trabajaba de noche, y aunque he cometido muchas locuras e ido a trabajar de empalme, con sueño o directamente borracho como una mona de circo, aguardándome cuatro días seguidos de trabajo nocturno había considerado más razonable llegar descansado a la primera de ellas.

Decisión que no había tomado sin pesar. Eran las fiestas patronales y todo mi barrio era un escándalo de petardos, cohetes y gritos alcohólicos. Podía oír desde mi habitación a mis amigos celebrar que habían terminado los exámenes de junio, o que no les importaban en absoluto. En aquel desgañitarse uno podía encontrar todos los motivos de celebración.

No pudiendo dormir más, opté por comenzar la lectura del Ensayo. Pensé, no conociendo la fuerza de aquella obra que tenía entre manos, que un poco de lectura podría ayudarme a tranquilizarme y dormir un poco hasta la hora de la cena, mi desayuno.

Pero caí atrapado en aquella lectura, y al cabo de la jornada de trabajo, cuando el sol ya asomaba por un desierto Paseo de Recoletos aquella mañana de domingo siguiente, había terminado de leerla.

Fue una lectura torrencial, de esas extrañas y mágicas que recordamos toda la vida, a las que no se puede escapar. Cuando llegué al trabajo, temblaba. Literalmente, me sentía sacudirme y con ganas de llorar. Hasta tal punto me había alterado lo que estaba leyendo, lo que no podía dejar de leer. Lo que no dejaría hasta haber terminado aquella historia desesperada y lúcida al mismo tiempo. ¿Cómo podía nadie escribir aquello, sin haber regresado del mismo infierno?

No es lo que pienso ahora, solo recuerdo lo que pensé entonces, lo que escribí en una hoja que guardé entre las páginas de aquel ejemplar que me había prestado Román.

Desde entonces, el Ensayo sobre la ceguera se convirtió en el libro que regalé sin descanso durante años. Cada cumpleaños, cada visita a un amigo, cada encuentro inesperado con alguien a quien había deseado ver durante tiempo pero de quien había estado separado por las más variadas razones, me llevaba a la librería, donde compraba la edición en bolsillo para regalarla.

Mi novia, y todos los amigos a los que les regalé aquel libro inolvidable, lo leyeron con la misma febril entrega, que luego me confesaban como quien narra una epifanía. Fue un libro que, tendiendo un puente sobre todas las cosas que no habíamos vivido juntos, logró unirnos de algún modo.

Tras el Ensayo sobre la ceguera, leí muchos otros de sus libros. El que más me gustó fue El año de la muerte de Ricardo Reis, una obra maestra misteriosa y oscura, llena de una ironía que me gusta llamar de zaguanes, de la irreverencia del encuentro inesperado y deseado, pero de todos modos despedido con cierta rudeza. Siento ser tan vago, pero es una obra que merece ser leída, y no contada.

Leí muchas obras después, y aunque me sentía algo desencantado con sus últimos trabajos, que me parecían bosquejados pero no rematados, siempre sentí la simpatía de la gratitud. Porque de José Saramago aprendí que es posible crear una historia esencial y verdadera, utilizando lo que todos los demás descartan. Y con esos mismos recursos, lograr decir algo cierto sobre todos nosotros, donde los demás solo consiguen dar las coordenadas de su ombligo.

Larga vida a su obra, ahora que José Saramago comienza su travesía por el desierto de los homenajes post mortem. Que cuando hayamos olvidado que un día vivió, sigamos leyéndolo. Y temblando.

2010 será ya, siempre, el año de la muerte de José Saramago.

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4 comentarios leave one →
  1. 18 junio, 2010 22:19

    Yo también quedé impactada con el ensayo ¡Aquela mujer que veía!
    El año que murió Saramago.
    Brindo por el Ibero.

  2. 18 junio, 2010 23:49

    También me dejó impactada esa obra, pero mucho más, lo que easte hombre supo decir y hasta donde caló. ¡Que en paz descanse! Será un hombre recordado como un ser inigualable.
    Saludos

  3. Stupor Mundi permalink
    19 junio, 2010 5:49

    Mi primer roce con Saramago fue el Evangelio segun Jesucristo, y aun recuerdo el choque que para un ateo supuso un libro tan irreverente. Es la clase de historia que yo hubierta matado por poder escribir. Y tuvo el deseo de tener de repente un alma para poder venderla y ser capaz de tener esa pr0sa, para ser un narrador tan jodidamente bueno como el señor Saramago.
    Y aun cuando algunas veces me ha decepcionado, ultimamente siempre, le considero, a el, que nunca ha escrito nada en castellano, el mejor escritor contemporaneo en lengua castellana. Un genio que brillo en edad tardia, eso nos da todavia esperanza a los mediocres…

Trackbacks

  1. El mundo ha perdido ritmo: hoy murió José Saramago | Efecto túnel

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